martes, 2 de febrero de 2016

Destino: no llegar.

Escribo esto de viaje
desde mi habitación.
Estoy aquí sentado,
pero estoy en todas partes
menos aquí,
estoy en todas partes
menos donde estoy.
Para quien me lea,
que sepa que puede que esté a su lado,
a no ser que sea yo.
Entonces no.

Escribo esto de viaje,
pero no estoy de vacaciones.
Tampoco exiliado.
Cuando quiera puedo volver,
pero no quiero.
Igual que aquel borracho.
Igual que aquel yonki.
Cuando quiera, lo dejo.
Cuando quiera, vuelvo.
Quiero querer volver,
pero no quiero,
así que no.

Simplemente
seguiré de viaje
desde mi habitación.

jueves, 21 de enero de 2016

Hambre.

Como un espejo insaciable
al que ya nadie mira
pero sigue trabajando.
                                                      Ando,
como una almohada decapitada
en busca de su cabeza favorita.
                                                      Grita,
como un pasamanos añorante
de las caricias que le daban.
                                                      Hablaban,
metáforas que no se entendían
cuando en los espejos se miraban.
                                                      Y no entendían
                                                       y sin embargo,
                                                       seguían significando.
Y yo
ando,
         gritto
                   y hablo
y curiosamente,
tampoco entiendo,
pero inconscientemente,
sigo significando.

Sin darme cuenta,
como con la imaginación
lo que no puedo con la boca,
lo que no llena el estómago,
lo que no palpo con la piel,
                                                    pero alimenta el alma
                                                    a costa del hambre,
                                                    y engorda el espíritu,
                                                    tan solo
                                                    exigiendo
                                                    coherencia.
A veces,
no compensa ser coherente.
Por eso,
a veces
ni estoy, ni soy, ni nada.
y simplemente escribo
                                            hasta que vuelva a compensar
                                                                                              o hasta que se me pase el hambre.

Será será...

Soy ciego para algo,
pero no se para qué.
Soy daltónico para algo,
pero no se para qué.

No puedo ver algo
que todos los demás ven
y no se qué es.

Solo se que me choco
una y otra vez,
tantas y tantas veces.

Y no se qué es.
Solo se que duele.
Solo se que choco.

No lo puedo ver,
y todos los demás me ignoran
como quien ignora a un loco.

Solo porque no se
qué
cojones
es.

viernes, 15 de enero de 2016

Quizases.

No deja de ser curioso la manera en que el tiempo infinito por delante puede llegar a introducir la más efervescente prisa en la mente más calmada, siempre y cuando esta esté predispuesta. Más que la promesa del tiempo carente de deberes, quizá sea el insonoro martillo con la que las expectativas autoimpuestas martillean la conciencia lo que consigue que lo que debiera ser relajación, coja un cronómetro en sus manos y empiece a azuzar a la mente so pretexto de conseguir no se qué fin. Quizás, y nótese que dudo de todo lo que digo, sea por eso que lo que debiera ser tranquila juventud por el tiempo restante que la vida promete, se vuelva vertiginosa cuenta atrás e ímpetu desmedido, no tanto por falta de experiencia, que también, sino más bien y justamente por esa experiencia que se supone debe de ser conseguida durante ese tiempo que falta, que a ratos se convierte en carga, que a ratos se convierte en lápida.
Como un mapa escrito sobre una enorme piedra que hay que cargar para no perderse, cuantas veces lo que exige apremio es lo que más lastra, cuantas veces se siente que el tiempo que queda no es más que un préstamo que hay que devolver en forma de algo que se pueda canjear por reconocimiento a los ojos de los demás, o a los ojos de uno mismo, quién sabe cuál es la diferencia a veces.
Quizás, y sigo dudando, sea por eso por lo que me entrego con ávido empeño a todo lo que se me pasa por delante, dejando sin terminar el plato anterior por probar el siguiente sabor, arriesgándome sin querer reconocerlo a que no venga siguiente plato, a pasar hambre por mi incesante empeño de probar todos los sabores, y sin embargo muriendo por catar la siguiente partícula que provoque una reacción en mi cuerpo o mi mente, a veces compañeros y a veces enemigos. Hablo de sabores, hablo de ideas, hablo de experiencias. Hablo solo. El que mucho abarca poco aprieta, me dicen constantemente, pero es que yo no quiero apretar nada. Apretar es ahogar, es acaparar, es dominar, y yo no quiero ahogar, acaparar ni dominar, no pretendo quedarme parado en una parte del camino sin dejar que nadie pase hasta conocerlo a la perfección, si no más bien ir zumbando por las esquinas, ir saboreando de todo un poco y dejando siempre un poco para los demás, pues qué sentido tiene si solo yo puedo disfrutarlo. No, yo no quiero apretar, yo quiero abarcar, el mundo está lleno de genios que no saben hacerse un huevo frito, lleno de expertos en vino que no saben de filosofía, lleno de filósofos que no saben lo que es un gol. Que le den a los genios sin conciencia, los admiro por su brillantez, pero más admiro al que se la gana con su sudor. No hay mayor sabio que el que nunca deja de aprender, y mejor considero saber de todo un poco, todo de algo, y de eso en concreto, nada.
Quizá este sea mi lítico mapa, esta la losa que al tiempo que me golpea para avanzar me lesiona y hace más costoso el movimiento, esta la prisa que convierte el inabarcable tiempo que me queda en garrote a la vuelta de la esquina. En esta ocasión, tengo que reconocerlo, no puedo evitar ver que la sombra de mi curiosidad se hace más grande cuando el conocimiento brilla por su ausencia, y cuando este brillo va disminuyendo, mi curiosidad así lo hace para moverse a otras lindes donde la luz de mi ignorancia haga más nítida su grisácea silueta, que guía sin cesar los descarriados pasos que mi mente va dando para apaciguarla.

O quizás no.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Caminos.

Hoy no quiero caminar.
Hoy estoy cansado de caminar. Estoy harto del camino y del caminante, de la senda y del destino, de la ruta y del fin. De los objetivos. De los finales. No me llena, no se acerca ni de lejos a satisfacer mi sed de curiosidad esa maníaca obsesión por el avance que nos inculcan desde que apenas somos capaces de movernos. Ese ignominioso y putrefacto pensamiento de que siempre hay que ir hacia delante, siempre hay que tener más, siempre hay que seguir subiendo escalones y siempre hay que querer más cantidad de todo. MÁS MÁS MÁS. Se perfila la vida como la incesante búsqueda de la cantidad por encima de cualquier cosa, ente o persona. Tener más, ser más, conseguir más, avanzar más, llegar más lejos. Correr por el camino sin fijarse en nada que haya alrededor, siempre en linea recta, siempre mirando hacia donde pisan los pies. Obsesionados con encontrar nueva leña con la que alimentar el fuego del consumismo irracional, quemando la ropa de abrigo en el fuego porque si se apaga no lo sabemos encender de nuevo.
No me gustan los caminos trazados, no me gusta avanzar en linea recta, no quiero llegar lejos, sin saber apenas por dónde pasé y desde luego no quiero fatigarme corriendo por una senda que ni escogí, ni entiendo, ni comparto.

Yo lo que quiero es sentarme a la sombra de un árbol al lado de la senda para ver pasar a la gente corriendo con sus ojos medio tapados. Quiero disfrutar de andar en círculos, volver una y otra vez al mismo sitio si considero que merece la pena, si realmente creo que me ha quedado algo por ver, sentir, disfrutar u oír. Rebotar de unas rutas a otras, descansar en el medio, vendarme los ojos durante un tiempo y destaparlos luego por el juego de ver si soy capaz de volver a situarme. Saborear cada paso que doy, saltar de unos caminos a otros como un ciego que quiere aprender a bailar, volver al punto de inicio y empezar a andar en dirección contraria, si es que hay alguna dirección correcta.

Una abeja loca a los ojos de las nubes, zumbando entre caminos y caminantes. No quiero preocuparme por el rol o por el destino que se me ha sido asignado por el mero hecho de nacer donde he nacido. No pienso cargar sobre mi espalda la pesada lápida que nos autoimponemos y que achaca el fracaso absoluto a todos aquellos que no resulten victoriosos en la insustancial búsqueda de “algo por lo que luchar”. El éxito y el fracaso son un pésimo invento creado para motivar a aquellos que son incapaces de ver en la vida suficiente motor, que necesitan premios de los que puedan presumir porque no saben, o no les han enseñado, a apreciar la verdadera victoria que es seguir vivo un segundo más. Si quieres algo por lo que luchar no luches por un camino, lucha por la libertad de andar por el camino que quieras, por la capacidad de construir nuevos senderos y por la capacidad de disfrutar de cada paso, independientemente de cuál sea el suelo. Pensar cansa, los cruces de caminos requieren un esfuerzo al que no todo el mundo es capaz de someterse, y me niego a culpar al ente casi supraterrenal que entendemos por “sociedad” de todos los males. En los ojos particulares está abandonar los caminos marcados y levantar la cabeza para fijarse en los campos de alrededor, en echar la vista atrás y admirar cómo cambian las cosas desde otro punto de vista. Se hace culpable a la sociedad de todos los males habidos y por haber, sin caer en la cuenta de que la sociedad empieza en el sofá de cada casa.

Mientras tanto el juego sigue, la interminable obsesión de seguir persiguiendo fines, de seguir necesitando premios que nos den otros, de sentir que hay gente por encima que nos dirija porque no tenemos suficiente confianza en los pasos que damos si no tenemos la certeza de que hay alguien más haciendo lo mismo. Mal de muchos, consuelo de tontos.

Escupo en los caminos, escupo a los que culpan a la sociedad, escupo a los que no luchan por hacer de su mente algo más que un simple producto comercial, algo más que carne para el consumo y para el materialismo obsesionado con la cantidad, con el avance, con el éxito y por este plan de ruta hacia el progreso que en verdad es una nota de suicidio escrita por otros y firmada con la sangre que parece estancada en nuestras venas.


Hoy no quiero caminar. Hoy quiero desaprender a caminar y arrastrar el culo por el suelo cual bebé. Avanzaré indudablemente más lento, pero si así consigo recuperar parte de la curiosidad con la que venimos al mundo, lo haré encantado. Quien no llora, no mama.

jueves, 26 de febrero de 2015

Bailando.

Me busco y me pierdo,
me escondo y me encuentro.
Bailo conmigo en mi estrepitoso bucle,
me dejo engatusar por los malos recuerdos.
Yo y mis demonios,
mis demonios y yo.
Bebemos juntos,
pensamos y vivimos,
juntos surgen los celos,
juntos nos destruimos.
Escapo de mi mientras me busco,
busco sin mapa ni norte,
siento el murmullo del tiempo,
aunque no creo que a nadie le importe.

A precio de coste.

En este cluedo de caricias sin dueño, el tiempo
no deja cara sin beso ni muerte sin lamento.
Un llanto que no sale por no tener conciencia,
la paciencia es cariño si miras su esencia.
La sonrisa del suicida antes de ponerse fin,
la elocuencia de una copa besada con carmín.
El glamour de un cartón de vino sin nombre,
la ironía de una almohada decapitada.
                                                              Amor? A precio de coste.