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jueves, 22 de septiembre de 2016

Confesiones en La mayor.

Para ciertas cosas no hay obstáculos. Nada estorba para vivir arrancando pétalos a la flor que la piel es, o para jugar al "me quiere o no me quiere" con el espejo, o para buscar en la melodía la clave que convierta la lisa pared en escalón al techo.
El beso al filo de terciopelo, el sexo con la fantasía del sexo, la crucifixión con clavos de caramelo. El mundo se convierte en poca cosa cuando la magia brota y las circunstancias y contextos se derriten bajo el calor de un alma desbocada, dando cariño con los labios diga lo que diga la boca, sintiendo como un latido cada nota que explota. Palpitando con la música. Gozando del momento. Aborreciendo tanta luz. Voy a tener que romper una farola.

lunes, 12 de septiembre de 2016

La ciudad bombardeada más bonita del mundo.

       En la ciudad bombardeada más bonita del mundo las estrellas rojas se oxidan y los Césares desmerecen los altares de los que ya hace tanto se cayeron. El sudor, como el esfuerzo o el ingenio no son sinónimos de trabajo, si no de mera supervivencia, y una desfasada contienda baila un paso con los brindis de los que mandan y otro paso con las maldiciones de los que pelean. Parece que las desgracias solo son esquivables danzando, y entre tambores militares y bongós salseros se entrelazan un sinfín de tonos de piel, de gestos, de historias y de sentires, de puros que en boca de quien los fuma casi parecen una ironía, de "yo tengo un familiar que", de sonreír o huir como únicas alternativas.
        Culos imposibles de mantener por su tamaño, esqueletos que no sabes cómo se mantienen en pie, un chiquito al que le hablan de revolución y se siente confuso y se imagina al Ché bailando reggetón sintiéndose igual que él. Qué fotogénica queda la alegría entre tanta cochanbre, valiente el geólogo que admira la magnitud del terremoto sin tener cojones de meterse en él, sin comprender que el ritmo no lo marcan las caderas, si no la tierra que tiembla, que bailar no solo es un acto de placer, si no también de equilibrio, de resistencia, casi de fe.
       Aquí no hay huérfanos ni despechados, todos tienen a su "papito", a su "mamasita", a su "amol", aunque duren el segundo que tarden en pronunciarlo y el siguiente que les lleve olvidar. Tampoco hay hambre, todos muerden de la manzana, tampoco hay remordimientos, no hay mucho más que comer; todo el mundo es rico en tener poco, en podo necesitar, dicen, ricos en ser. Aquí siempre se anda, sin estrés, sin prisa. No hacen falta. Se anda por ver si se gana la propina o aún a riesgo de perderla, se anda por la acera o por la carretera, en buena compañía o con mala sombra, pero nunca solo. la humedad y la música nunca permiten una soledad total. En Cuba no. Se respira un orgullo carente de sustento que quizás por eso sea más valioso aún, se respira un viejo al que no le llega la pensión moviendo las caderas como si fuera un crío, con dos policías en cada esquina mientras un turista grita "¡Qué paraíso!". Se respira lo contrario a lo esperado en cada estampa, y sin embargo también se respira magia, se respira un color nuevo en cada bocanada con sabor a contraste entre todo y nada, con regusto a alegría desmesurada, a vivir siendo invencible, a responder sonriendo a cada mirada, PARA. - ¿Cómo dice señor?
- Que puede pasal, tenemo de todo.
- Aah vale. Vaya, los carteles me gustan. ¿A cuánto los tiene?
- Eso depende del cartel.
- Ya. ¿El de "Viva Cuba libre"?
-  Mmm... A diez pesos... y un ojalá.


La Habana, septiembre del 2016.





viernes, 1 de abril de 2016

Invencible.

 Hay que suicidarse más. Hay que destruirse más. Hay que buscar más la línea que separa la autocrítica de la autodestrucción y sobrepasarla sin contemplaciones, pasar sobre ella con el mismo ímpetu con que se defiende algo que no se entiende, pero se siente; cruzarla sin prestarle apenas atención haciendo de la inmutabilidad con la que la atravesamos nuestro mayor impulso. No se puede mejorar aquello que no se respeta, es imposible luchar con amor por aquello que no se ama y es enteramente falso pretender decir que algo es tuyo cuando ni lo has construido con tus manos, ni lo has pagado con tu dinero, ni te lo has ganado con tu sudor, si no que te lo han regalado ya construido, ya pagado y ya amoldado para que lo tomes y lo muestres con el orgullo con que se lucen las cosas que solo sirven para eso, para ser lucidas y nada más.

No se puede vivir en una casa prefabricada, amueblada vía Ikea y situada en una parcela perfectamente delimitada y vecina de otras miles de viviendas iguales y pretender decir que es única por el mero hecho de ser tuya. Tienes que destruir la casa para así poder decir de verdad que es tuya. Este montón de ceniza es enteramente mío, es total y absolutamente mío porque yo lo he creado, yo he iniciado el fuego que ha resultado en estas cenizas y yo lo he apagado. Solo entonces podrás, edificar unos nuevos cimientos, mandar a tomar por culo los planos antiguos y escoger la técnica de construcción, escoger el color y la planta, los pisos, los muebles y las cortinas, la luz, las lámparas y las marquesinas, escoger verdaderamente cómo va a ser tu hogar en absolutamente todos sus aspectos. Si tras todo esto quieres hacerte una casa prefabricada, amueblada vía Ikea y situada en una parcela perfectamente delimitada y vecina de otras miles de viviendas iguales, entonces si, la decisión será tuya, pero ya no la de otros.

No se puede cambiar el color de las cortinas y decir que has construido el edificio, exactamente de la misma manera que no puedes escoger entre cuatro grupos de música, tres maneras de vestir y dos partidos políticos y luego decir que solo hay uno como tú, que eres único y que tu mente es enteramente independiente. Si así lo quieres, quémala. Si de verdad te quieres, quémate. Destruye tu mente y duda de todo lo que sepas, duda de todo y sobre todo de aquello acerca de lo que no tengas duda, y cuando solo tengas cenizas en tu cabeza, cuando respires aire y de ti salga humo, cuando solo te quede suelo yermo en tu cabeza, siéntate. Lee. Aprende. Coge todo aquello que aborreces e intenta entenderlo, observa a todos aquellos que te repugna e intenta intenta comprenderlos, busca la persona que más te odie en el mundo y pídele que te enseñe a odiarte. Ahora, que eres todo ceniza, todo barro y todo agua, tienes la mejor materia prima para construir el mayor de los castillos, la más impresionante de las fortalezas, o la más humilde de las chozas. En cualquier caso, solo entonces podrás decir que tu casa las has hecho tú. Que tu cabeza las has hecho tú. Que tú eres tú. Antes, habrás sido el producto de todo lo que te ha pasado mezclado con lo que te han contado, lo que has visto y lo que has sido capaz de copiar. Destrúyelo y entiende que eres mediocre, porque cuando tú mismo sientes que eres insignificante en tu estupidez, incultura e inconsciencia, puedes dedicarte enteramente a aprender. Y si algo tengo claro es que cuando alguien, sea quien sea y venga de donde venga, tiene como única y máxima prioridad aprender, entonces esa persona es simplemente

INVENCIBLE.

sábado, 26 de marzo de 2016

El torbellino.

Si hubo un tiempo en que creía entender lo que pasaba a mi alrededor, ese tiempo terminó. Si en algún momento creí ser dueño de lo que en torno a mi sucede, siento darme cuenta de que fue pura ilusión. Podría dedicarme a hablar de tópicos, hacer del amor costumbre y de la curiosidad rutina, pero la suave caricia de las expectativas a veces resulta infinitamente más seductora que la burda realidad, y si no que le pregunten a la lencería.
Si esto es la victoria, no lo quiero. Si esto es el éxito, no lo quiero. La derrota sabía mejor cuando en el fondo sabía que era mi premio, que era lo que me había buscado y que había tenido éxito en mi fracaso. Quizás por eso los cantos de la autodestrucción suenan tan harmoniosos en los oídos predispuestos, porque ganar es lo que todo el mundo quiere, es lo que hay  que querer, pero la derrota... la derrota hay que desearla de verdad, la derrota es enteramente mía, y eso nadie me lo puede negar, nadie me lo puede dar hecho, ni nada me lo puede quitar. 
Por eso redundo en mis heridas, 
no vaya a ser que se cierren, 
por eso mimo mis cicatrices, 
no vaya a ser que se abran, 
por eso grito, 
que de callarme no quiero ni hablar,
por eso vivo, 
que en morir no quiero pensar, .
Por eso, ya no me hacen falta armas de doble filo para cortarme, a fuerza de querer verlo todo distinto acabé viéndolo todo del revés, y no hay día en que no coja un cuchillo por la hoja en lugar del mango. Mucho se habla de no perder los trenes, pero se olvidan de las estaciones frías y los maquinistas locos, de las señoras que roncan y de los revisores amargados. De las vías estropeadas. De los descarrilamientos. 
No, gracias. 
Si tengo que ver a algún loco, 
con los espejos me llega,
si quiero descarrilar,
no necesito ayuda.
No le concederé a nadie 
el placer de deberle mi perdición,
y no me perderé 
hasta que perderme me salga del corazón.
Con eso me llega,
con eso me basta,
con eso me voy.

miércoles, 2 de marzo de 2016

El espejo

 Me gusta pensar que estoy dormido. Me gusta pensar que estoy encamado tras un grave accidente y que todo cuanto creo percibir no es más que el producto de mi mente desquiciada (comatosa?). Me gusta pensar que cada vez que me miro las manos de ellas salen tentáculos, que ahora estoy aquí hablando y de repente allá volando, y súbitamente soy todo lo que mis ojos alcanzan y más súbitamente aún ya no soy, y solo veo; solo observo.
Me gusta pensar que no soy culpa mía, que los sueños sueños son y que nada malo pasa fuera de mi cabeza, que todo es inventado, que mi cuerpo está dado la vuelta y que mis ojos ven hacia dentro, mi piel solo siente mis vísceras y mis papilas gustativas solo saborean mi propia sangre. Me gusta pensar que lo que aprecio como arañazos de la vida es en verdad el roce de las sábanas, que las voces que oigo en mi cabeza vienen del mundo real, que el sufrimiento que veo solo puede tener cabida en mi imaginación. Que las heridas del tiempo son en realidad malos sueños, que los golpes que padezco solo me quieren hacer despertar, que lo poco que creo comprender no sea así en realidad.
Me gusta pensar que soy mecido por un mar de calma, tan vulnerable como invencible, a la espera de volver a la vida y comprobar que efectivamente todo cuanto creía percibir era en verdad un producto de mi imaginación y solo en esta existe. Entonces, cuando me creo a punto de despertar, cuando creo que voy a retornar a la realidad y escapar de mi escabroso sueño, cuando creo que todo va a terminar y voy a abrazar de nuevo la realidad como un perro famélico un hueso a medio roer, entonces, me doy cuenta de que
ya
estoy
despierto.
Y en ese momento,
ya no quiero pensar.
Y solo huyo.
Huyo de ti, de él y de ella, de lo que conozco y de lo que desconozco, de lo que temo y de lo que aprecio, huyo de todo y de todos, pero sobre todo y ante todo huyo de mi, y en mi estrepitosa huida no me reconozco más que donde no me veo, en donde no hay nada, en donde se añora algo. Y en mi estrepitosa búsqueda, no me encuentro más que donde no me busco, donde no me ubico, donde no me quiero encontrar.
Me miro en un espejo por ver si sigo vivo y me encuentro muerto e inmóvil, hasta que me doy cuenta de que es un cuadro. Le escupo al cuadro con rabia y al instante me convierto en el hilo de saliva que une el esputo con mi boca, me vuelvo charco vertical sobre el retrato y soy el reflejo que este charco proyecta, pero cuando me doy la vuelta me encuentro solo y cuando me vuelvo a girar me sorprende una cara anónima escupiéndome sin previo aviso. Intento reaccionar pero un marco me lo impide. Ahora soy yo el cuadro. Me fijo en quien me acaba de escupir y veo al retrato de antes ¿Qué has hecho? Le pregunto, ¿qué ha pasado? Le suplico. Y me contesta:
“Cuántas veces para liberar una parte de ti precisas perderle el respeto. Tu saliva fue sangre, tu rabia fue fuerza, tu susto fue curiosidad; si no lo supiste aprovechar, no temas, que yo daré buena cuenta del regalo que me has hecho, yo sabré darle utilidad.”
“Putos autorretratos”, pienso. Aunque ya volveré. Yo siempre vuelvo. Siempre repaso mis pasos, siempre repienso mis pensamientos, siempre revivo cuando ya estoy muerto. Por eso cometo los mismo errores una y otra vez, por eso sigo y sigo obstinado en ser yo quien me fabrique mi suerte, en ser yo quien cocine mis ideas y quien alimente mis sueños. Por eso soy como la pescadilla que se muerde la cola; mejor dicho, soy como la pescadilla que ya se ha comido toda la cola y se está empezando a comer la cabeza. La única forma que tengo de no morir de inanición sin acabar conmigo mismo es vomitar palabras sobre el papel, regurgitar unos cuantos pensamientos para así volver a atrás y poder empezar a comerme la cabeza hasta que tenga que volver a vomitar, hasta que se me indigesten mis ideas o hasta que ya no me quede nada que comer.
Hasta que ese momento llegue, seguiré pensando que estoy dormido, seguiré dándome cuenta que no tengo de qué despertar y seguiré buscando piedras con las que tropezar.


Solo cinco minutos más mamá, a las primeras horas no hay amor.

viernes, 15 de enero de 2016

Quizases.

No deja de ser curioso la manera en que el tiempo infinito por delante puede llegar a introducir la más efervescente prisa en la mente más calmada, siempre y cuando esta esté predispuesta. Más que la promesa del tiempo carente de deberes, quizá sea el insonoro martillo con la que las expectativas autoimpuestas martillean la conciencia lo que consigue que lo que debiera ser relajación, coja un cronómetro en sus manos y empiece a azuzar a la mente so pretexto de conseguir no se qué fin. Quizás, y nótese que dudo de todo lo que digo, sea por eso que lo que debiera ser tranquila juventud por el tiempo restante que la vida promete, se vuelva vertiginosa cuenta atrás e ímpetu desmedido, no tanto por falta de experiencia, que también, sino más bien y justamente por esa experiencia que se supone debe de ser conseguida durante ese tiempo que falta, que a ratos se convierte en carga, que a ratos se convierte en lápida.
Como un mapa escrito sobre una enorme piedra que hay que cargar para no perderse, cuantas veces lo que exige apremio es lo que más lastra, cuantas veces se siente que el tiempo que queda no es más que un préstamo que hay que devolver en forma de algo que se pueda canjear por reconocimiento a los ojos de los demás, o a los ojos de uno mismo, quién sabe cuál es la diferencia a veces.
Quizás, y sigo dudando, sea por eso por lo que me entrego con ávido empeño a todo lo que se me pasa por delante, dejando sin terminar el plato anterior por probar el siguiente sabor, arriesgándome sin querer reconocerlo a que no venga siguiente plato, a pasar hambre por mi incesante empeño de probar todos los sabores, y sin embargo muriendo por catar la siguiente partícula que provoque una reacción en mi cuerpo o mi mente, a veces compañeros y a veces enemigos. Hablo de sabores, hablo de ideas, hablo de experiencias. Hablo solo. El que mucho abarca poco aprieta, me dicen constantemente, pero es que yo no quiero apretar nada. Apretar es ahogar, es acaparar, es dominar, y yo no quiero ahogar, acaparar ni dominar, no pretendo quedarme parado en una parte del camino sin dejar que nadie pase hasta conocerlo a la perfección, si no más bien ir zumbando por las esquinas, ir saboreando de todo un poco y dejando siempre un poco para los demás, pues qué sentido tiene si solo yo puedo disfrutarlo. No, yo no quiero apretar, yo quiero abarcar, el mundo está lleno de genios que no saben hacerse un huevo frito, lleno de expertos en vino que no saben de filosofía, lleno de filósofos que no saben lo que es un gol. Que le den a los genios sin conciencia, los admiro por su brillantez, pero más admiro al que se la gana con su sudor. No hay mayor sabio que el que nunca deja de aprender, y mejor considero saber de todo un poco, todo de algo, y de eso en concreto, nada.
Quizá este sea mi lítico mapa, esta la losa que al tiempo que me golpea para avanzar me lesiona y hace más costoso el movimiento, esta la prisa que convierte el inabarcable tiempo que me queda en garrote a la vuelta de la esquina. En esta ocasión, tengo que reconocerlo, no puedo evitar ver que la sombra de mi curiosidad se hace más grande cuando el conocimiento brilla por su ausencia, y cuando este brillo va disminuyendo, mi curiosidad así lo hace para moverse a otras lindes donde la luz de mi ignorancia haga más nítida su grisácea silueta, que guía sin cesar los descarriados pasos que mi mente va dando para apaciguarla.

O quizás no.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Caminos.

Hoy no quiero caminar.
Hoy estoy cansado de caminar. Estoy harto del camino y del caminante, de la senda y del destino, de la ruta y del fin. De los objetivos. De los finales. No me llena, no se acerca ni de lejos a satisfacer mi sed de curiosidad esa maníaca obsesión por el avance que nos inculcan desde que apenas somos capaces de movernos. Ese ignominioso y putrefacto pensamiento de que siempre hay que ir hacia delante, siempre hay que tener más, siempre hay que seguir subiendo escalones y siempre hay que querer más cantidad de todo. MÁS MÁS MÁS. Se perfila la vida como la incesante búsqueda de la cantidad por encima de cualquier cosa, ente o persona. Tener más, ser más, conseguir más, avanzar más, llegar más lejos. Correr por el camino sin fijarse en nada que haya alrededor, siempre en linea recta, siempre mirando hacia donde pisan los pies. Obsesionados con encontrar nueva leña con la que alimentar el fuego del consumismo irracional, quemando la ropa de abrigo en el fuego porque si se apaga no lo sabemos encender de nuevo.
No me gustan los caminos trazados, no me gusta avanzar en linea recta, no quiero llegar lejos, sin saber apenas por dónde pasé y desde luego no quiero fatigarme corriendo por una senda que ni escogí, ni entiendo, ni comparto.

Yo lo que quiero es sentarme a la sombra de un árbol al lado de la senda para ver pasar a la gente corriendo con sus ojos medio tapados. Quiero disfrutar de andar en círculos, volver una y otra vez al mismo sitio si considero que merece la pena, si realmente creo que me ha quedado algo por ver, sentir, disfrutar u oír. Rebotar de unas rutas a otras, descansar en el medio, vendarme los ojos durante un tiempo y destaparlos luego por el juego de ver si soy capaz de volver a situarme. Saborear cada paso que doy, saltar de unos caminos a otros como un ciego que quiere aprender a bailar, volver al punto de inicio y empezar a andar en dirección contraria, si es que hay alguna dirección correcta.

Una abeja loca a los ojos de las nubes, zumbando entre caminos y caminantes. No quiero preocuparme por el rol o por el destino que se me ha sido asignado por el mero hecho de nacer donde he nacido. No pienso cargar sobre mi espalda la pesada lápida que nos autoimponemos y que achaca el fracaso absoluto a todos aquellos que no resulten victoriosos en la insustancial búsqueda de “algo por lo que luchar”. El éxito y el fracaso son un pésimo invento creado para motivar a aquellos que son incapaces de ver en la vida suficiente motor, que necesitan premios de los que puedan presumir porque no saben, o no les han enseñado, a apreciar la verdadera victoria que es seguir vivo un segundo más. Si quieres algo por lo que luchar no luches por un camino, lucha por la libertad de andar por el camino que quieras, por la capacidad de construir nuevos senderos y por la capacidad de disfrutar de cada paso, independientemente de cuál sea el suelo. Pensar cansa, los cruces de caminos requieren un esfuerzo al que no todo el mundo es capaz de someterse, y me niego a culpar al ente casi supraterrenal que entendemos por “sociedad” de todos los males. En los ojos particulares está abandonar los caminos marcados y levantar la cabeza para fijarse en los campos de alrededor, en echar la vista atrás y admirar cómo cambian las cosas desde otro punto de vista. Se hace culpable a la sociedad de todos los males habidos y por haber, sin caer en la cuenta de que la sociedad empieza en el sofá de cada casa.

Mientras tanto el juego sigue, la interminable obsesión de seguir persiguiendo fines, de seguir necesitando premios que nos den otros, de sentir que hay gente por encima que nos dirija porque no tenemos suficiente confianza en los pasos que damos si no tenemos la certeza de que hay alguien más haciendo lo mismo. Mal de muchos, consuelo de tontos.

Escupo en los caminos, escupo a los que culpan a la sociedad, escupo a los que no luchan por hacer de su mente algo más que un simple producto comercial, algo más que carne para el consumo y para el materialismo obsesionado con la cantidad, con el avance, con el éxito y por este plan de ruta hacia el progreso que en verdad es una nota de suicidio escrita por otros y firmada con la sangre que parece estancada en nuestras venas.


Hoy no quiero caminar. Hoy quiero desaprender a caminar y arrastrar el culo por el suelo cual bebé. Avanzaré indudablemente más lento, pero si así consigo recuperar parte de la curiosidad con la que venimos al mundo, lo haré encantado. Quien no llora, no mama.

lunes, 23 de febrero de 2015

La brisa.

Quiero hacer filigranas con el aire que me rodea. Quiero seducirlo como a un pasamanos harto de recibir caricias que se quedan en nada y convencerlo para que entre en mi sin mayor aliciente que el del cobijo transitorio. Quiero convertirlo en beso a su salida y dibujar en el vaho de la ventana la obra más viva jamás respirada, coloreada con aliento sobre un lienzo de cristal. Quien fuera gato para jugar con los ovillos del viento, bailar con las hojas bajo la única promesa de seguir para siempre, hasta que dure.
Pequeños remolinos de arena que reconocen a sus primos hermanos danzando dentro de mi pecho, tornados descontrolados que se encuentran con su reflejo viviendo dentro de mi cabeza.

Caminando.

No se caminar de otra forma que no sea la de alternar senderos y confundir parajes, la de aguantar la respiración cuando algo huele bien, la de avanzar pase lo que pase sin saber a donde ni por qué. Si alguna vez tuve un mapa lo perdí, ahora me muevo bajo improvisadas coordenadas y con una brújula sin aguja que se desvive por señalar el norte perdido. La aguja la tengo clavada, no se donde, pero en su búsqueda voy quitándome espinas como quien corta cables a la espera de que alguno haga explotar o desactive la bomba que vive bajo este montón de costillas.
Hasta entonces, simplemente camino.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Vuelta a casa.

Siento que no se hacer más que vivir. Que soy sentimiento que se acepta y se niega a la vez, pidiendo números donde solo hay letras. Oigo música en mi piel, piel grisácea y marcada, tan mía como de cualquiera que la haya hecho sentir viva. Todo propósito muere por tener fin más allá del momento, pues es el instante el que otorga y el segundo el que existe. Yo no se si existo, sé que soy latido hecho momento, y momento hecho carne. Del resto pienso pero no opino, creo alguna vez, y a menudo disfruto.
Nada más humano, y por lo tanto más escaso, que aceptar sin resignación y luchar más allá del orgullo. Vivir como remedio a haber nacido, don, castigo, nunca regalo, si acaso suerte. VIVO.

domingo, 13 de octubre de 2013

Espejo.

Si todo va perfecto es que algo falla, no pretendo quejarme, si fuera fácil, qué mérito tendría? No busco el reconocimiento, sólo busco lo que es mío, y la única obligación que tengo es la de cumplir con el pulso que me guía, o más bien me mueve, o más bien me pierde. No soporto los planes, y no aguanto los amaneceres si no hay sueños que los respalden. Muchas ganas y muy pocas ideas, qué sería de mí sin mi terquedad?; ser sería, supongo, pero ya no, y yo me entiendo.
No echo nada de menos, y me enorgullezco más de mis errores que de mis aciertos. No busco las felicitaciones de nadie, yo solo busco el café de buenos días y el paseo al anochecer; con que lo que haya en el medio me de para sonreír me sirve y me basta.
No confundas sencillo con simple, que no pienso dar explicaciones, y a veces no pienso, y a veces, tan solo a veces, me explico. Soy lo que he hecho de mí, y si tiene que haber conclusión, que sea que si tengo que vivir, que me dejen elegir a mi. 
No somos nadie, pero el mundo es nuestro.

martes, 15 de enero de 2013

Zapatos nuevos.

   Quiero cavar, quiero volar, quiero ser el pensamiento que se niega y sonríe mientras duda sobre su palpitar. Quiero viajar en el coche que se aleja al final de la película para ver a donde lleva, y quiero no saber su destino y quedarme a ver la luna llena. Hablar, sentir, conocer... tengo frío en los pies pero la cabeza llena; ¿llena de qué? De calor, por supuesto. De ese calor que crean las ideas cuando se juntan entre si; entrelazándose y creando otras nuevas que surgen sin parar. De ese calor que quema pero no abrasa, que sonríe pero no ríe, que mira, pero que nunca ve.
   Quiero ser tus ojos y ver el mundo que nos queda por sentir; quiero no querer tanto, no vaya a ser; quiero no parar de querer, que yo lo que quiero es vivir.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Los charcos reflejan mejor.

Reflejos e ideas. Son todo lo que soy, pues son lo único que me garantiza. Son los reflejos, ya de los espejos, ya de los charcos, ya de los demás, lo que me recuerda que aún sigo aquí, que no me he ido. Son las ideas que, huérfanas de una cabeza mejor, acuden a mi, las que me recuerdan que no estoy vacío por dentro, o al menos por ahora.
Superficie e interior. Son mi esencia y mi envoltura las que me hacen sentir casi completo, pero la ambigüedad de ambas es lo que hace que en su reciprocidad esté mi perdición. En mi concreto muere mi real, y en mi ideal nace mi ingenio, pero este no hace más que sucumbir a la tentación del concreto, y ahí vuelta a empezar.
Solamente en lo abstracto existe lo que de verdad es real, y según se señala con el dedo va perdiendo su esencia, su magia, tal es su fragilidad.
Al final, lo único que queda del genio es lo que resta entre el camino del concepto al papel, y de las sonrisas de complicidad que antaño me devolvía el espejo ya no queda más que el recuerdo, la idea, la esencia.
Sólo reflejos e ideas... y algo de suerte, claro. La suerte nunca se olvida.

domingo, 22 de julio de 2012

Café solo.

  Siente las sonrisas y compadécete de las sombras, pues no somos más que el reflejo de lo que un día quisieron ser. Y siendo no son ni más lejos que el sentir ni más cerca que la desidia, pues la simpleza no está si no en la mente que acepta el pecado como genialidad y consigue el placer de ver el mundo a ras de suelo, a ras de realidad.
  Pero quien tiene la lanza que parta la coraza del gigante que no encierra más que rencor, ni menos que ello? No, la ilusión del tiempo que todo lo cura no es más que el espejismo de la monótona costumbre, y sin embargo cuan dulce es la continuidad de un devagar cuando a el ya nos hemos acostumbrado. Benditos los troncos arrancados e infelices tocones solitarios. Que de astillas clavadas en corazones ajenos se podría construir todo un barco de los recuerdos, pero las grietas de los corazones son buen refugio para las cicatrices esquivas, y las bofetadas que el viento te da cuando pides caricias son las que tu indómito martilleo siente a cada compás. Y hace frío. Pero ¿cómo no sentir frio cuando en la nevera no quedan ideas y el azucar de las miradas se ha quedado ciego de color amor? ¿Cómo no sentir picor en el pecho cuando no tienes uñas con que rascarte porque te las acabas de quitar con cloruro de rencor? No, el rencor nunca sabe bien, pero está un poco mejor si lo acompañas con café.
  De este café sin leche que busca compañia entre las sonrisas y la neblina de las primeras horas es de lo que se hacen los conceptos. De esto, y del color; el color que nunca falte.

Recapitulemos.

  Cada susurro, que se cuela en mi como vagabundas notas a través de los poros de mi piel. Cada poro de mi piel, que baila al compás del ritmo que impone mi corazón de color sombra. Cada sombra, pasajera oculta que busca su refugio en los rincones de las palabras. Cada rincón, esquina o sonrisa esquiva entre mil muecas forzadas a base de tiempo perdido. Cada segundo perdido, que me muestra los marcos de las fotografías que me quedan por sacar. Cada encuentro de un escalofrío con mi cuerpo, testigo del calor que falta y recordatorio de los delirios que quedan por llegar. Cada delirio, que surge como idea para morir como metáfora sin parte real. Cada parte de la realidad, que se clava en mi imaginación para convertirla en humo de brasas, ya ni de fuego. Cada resto de ceniza, que mancha las manos en un último esfuerzo por dejar huella, ya polvo y concepto, que mira sin ver, que habla sin ser escuchada. Cada cada, reflejo de mi parecer, y pesadilla de mi almohada.
  Recapitulemos el sentir.

sábado, 19 de mayo de 2012

Lagunas.

Ambigüedad, escaleras sin pasamanos, otra idea que se queda huérfana de realidad y otro pensamiento con frío en las orejas. Irónico como una puerta de cristal, triste como una pared que quería ser ventana. La almohada quiere compañía las horas que restan entre sueño y sueño; sueño con almohadas que despiertan. Claxon de un coche, sombras del sol, un charco escondido bajo una baldosa y el periódico de ayer que echa de menos al de mañana. Ya no queda agua en las fuentes y la cama sin hacer no otorga consuelo. No quedan bombillas, no quedan deberes, no quedan sentencias. ¿Punto final? Sonrisas y café. Solo un poco más mamá, a las primeras horas nunca hay amor.

viernes, 18 de mayo de 2012

Síntesis.

   Caos, confusión, el desorden que nace del orden, o más bien al revés, o de hecho, ¿qué orden? Los primeros rayos tras las nubes, huele a folio sin ideas. Estrés, prisa, hace sueño en el ambiente y poco calor entre las líneas. Carraspeos de garganta, toses, el frío que no quiere estar sólo y las musas que no tienen calefacción. Hay polvo en las estanterías. Tacha, borra, escribe, tacha de nuevo. No hay delirio sin lucidez, y el placer de suprimir lo que al folio le falta de pergamino no tiene precio. Dos comas y lo dejo, solo una, ya.

jueves, 22 de marzo de 2012

Sólo una posibilidad más.

   Puede que, si las circunstancias son propicias y el tiempo lo permite; si todo encaja y nada falta ni falla, en algún momento, instante, contexto quepa la remota y poco probable posibilidad, más condicional que realista, más fantasiosa que posible y, seamos realistas,  más hipotética que veraz, de que los condicionales y circunstanciales azares de la realidad salven sus diferencias con lo plausible y se fundan dando así el suero que disuelva a los confusos pero densos rencores que conmigo mismo tengo, permitiendo al fin que la sangre vuelva a correr por mis venas e inunde mi corazón.


   Hasta entonces, esperaré donde estoy...


                                                          ...Donde tú me dejaste.

sábado, 10 de marzo de 2012

Puntos de vista.

   Tenía una buena vista desde allí. En aquel bar, un poco al fondo en las últimas mesas notoriamente más gastadas por el paso del tiempo,  me mantenía oculto de las curiosas miradas de los habituales del bar, mas sin llegar a perder la noción de lo que me rodeaba. Inmerso en mis líneas, alternaba sorbos entre un café ya medio frío que se ahogaba en sus últimas gotas y miradas al ventanal de la entrada del café que, aunque lejos de mi, me acercaba a los transeúntes solitarios que caminaban bajo la lluvia. Esa lluvia... los convertía en simples espectros; ausencias difuminadas bajo el manto  de agua que caía implacable sobre las ya pulidas calles y que me permitía ver sin ser visto. Invitaba a la reclusión y al pensamiento como sólo la lluvia puede hacer, y sin embargo no era capaz de bajar la mirada, atraído por ese magnetismo que producen las cosas que carecen de más propósito que el de su existencia. Sólo oía algún que otro ruido de la máquina de café y de algún pocillo vacío posándose sobre un plato color blanco marfil y, de fondo,  el ruido de las pequeñas gotas de agua que, luchando contra las aceras en una batalla perdida ya de antemano, se rompían contra la dura superficie inundando mi conciencia.
   Mis ojos vieron entonces una discreta figura que se había mantenido quieta desde el principio, pero que mis ojos no habían llegado a ver. Un pequeño perro me miraba desde el otro lado del vidrio, empapado aunque impasible bajo su calado cuerpo.Qué forma tenía de mirarme...  No llegaba a ver sus ojos desde la distancia, pero los sentía; los sentía mirándome, observándome, rodeándome casi como si fueran míos.
   Ese perro, esos ojos, esa lluvia, esa calle, ese café, ese cristal, ese hombre que me miraba desde el interior con sus extraños ojos negros, esos ojos negros que sin saber por qué me resultaban tan familiares... Derrepente tomé conciencia del frío que hacía y de que estaba empapado. Decidí irme, la mirada de aquel hombre comenzaba a inquietarme.

domingo, 4 de marzo de 2012

El tiovivo.

   Sinceramente no creo que sirva de nada preocuparse por el futuro. Déjame que me explique: nosotros somos dueños de nuestro pasado, y del presente nadie tiene las riendas, pero ¿el futuro? Reconozco que es algo demasiado ajeno a mí como para sentirme angustiado por lo que me pueda deparar. Lo cierto es que yo creo que no somos más que una composición de todas las cosas que nos rodean y que nos han ido rodeando a lo largo de nuestras vidas. Piénsalo. ¿No te suena maravilloso pensar que no somos más que un conjunto colores, fragancias, texturas, sabores, sensaciones, ambientes, sonidos, ruidos... todos mezclados en una especia de atracción de feria que de tanto girar ya no se puede distinguir las partes? ¡Un tiovivo! Eso es. Es algo así como si nuestras vidas fueran un tiovivo, cada uno con sus propios caballitos, colores y música,  que unas veces gira sobre sí mismo, y otras veces se deja llevar por los diferentes parajes que ante sí se van descubriendo. ¿Montamos? Tú no te preocupes por nada, yo me encargo de todo. En este tiovivo todo es posible. Podemos ir a donde te apetezca. Si quieres un viaje por este parque de atracciones, yo te llevo. Si quieres mirar a las nubes y que sean ellas quienes te quieran buscar el sentido a ti, yo haré que así sea. Embarquémonos en este loco carrusel de caballitos que sueñan con ser libres y escuchemos las historias que nos quieran contar. Hagámonos sus amigos y confidentes, pues son ellos quienes nos han de llevar por el devenir de nuestras vidas, ¿quieres venir? Yo te invito. Sólo dejemos que el ruido de fondo nos acune en su mecedora monotonía, y antes de que nos demos cuenta estaremos a lomos de los caballos del tiovivo...
   Bonita teoría, ¿No te parece? Pero... ¿y si no fuera sólo una teoría?  Quien sabe, supongo que de falsas esperanzas también se puede vivir...